Cuatro empates seguidos, cinco si se añade
el de la Copa Sudamericana ante el débil Alianza Lima. Y seis partidos
sin ganar, si se cuenta aquella derrota ante Banfield que cerró el año y
significó también el fin del ciclo de Gabriel Milito. El Libertadores
de América, durante décadas reducto inexpugnable para visitantes, parece
haber mutado en la Caldera del Diablo… para el propio Independiente.
Una inquietante combinación de
factores convierte a la localía, a priori una situación favorable, en
una cuesta difícil de trepar. Existe ante todo un condicionante anímico:
el suponer que Independiente, por historia y por estilo, debe ganarles a
todos en casa, como si la sola apelación a la historia bastara para ser
mejor que el adversario prescindiendo de jerarquías individuales,
estructuras de equipo y contextos. De allí a la responsabilidad de
asumir el protagonismo para ir a buscar la victoria desde el primer
minuto hay un solo paso. Las obligaciones quedan de un lado y la
comodidad de esperar, del otro. Y si el gol no llega pronto, las posturas se acentúan:
la necesidad se convierte en impaciencia y luego en presión y la
pasividad deviene soltura y luego sensación de que el triunfo es
posible.
Ocurre que no siempre la asimetría potencial se verifica.
El desafío puede convertirse en tortura. La pelota quema. Y si el
marcador se destraba, suelen aparecer dificultades inesperadas:
demasiado trabajo para romper cercos atenta contra la segunda fase del
operativo, consistente en administrar la ventaja. Si falta aplomo,
astucia táctica, al gol le sigue una relajación que termina no pocas
veces en empate.
San Martín de San Juan, como antes
Gimnasia –sólo por hablar de este torneo- pueden dar fe de lo que es
resistir con éxito. No sin sobresaltos, pero con éxito. Vélez, y luego
Estudiantes, saben lo que es aprovechar el bajón del que se afloja
después de encontrar el gol tan buscado. Rafaela, como antes Tigre,
confirman que incluso se puede anotar primero para arribar al punto tan
deseado. Banfield, como Atlético Tucumán o San Lorenzo, demostraron que
pegar de entrada o esperar pacientemente puede bastar para llevarse la
victoria. Sólo Godoy Cruz, en el arranque del campeonato, y un River
plagado de suplentes se fueron con las manos vacías del Libertadores.
Debe decirse que el último partido de Independiente en su casa dejó dos elementos más que auspiciosos: hizo
méritos para ganarle a Estudiantes y su gente, exigente e impaciente en
dosis parecidas, lo despidió con aplausos, acaso entendiendo que fueron
tan elogiables los caminos elegidos como la entrega del conjunto. Hay
ahí una idea de búsqueda agresiva que trasciende la localía, aun cuando
en condición de visitante hubo menos urgencias, goles tempraneros y
espacios infrecuentes que allanaron el camino.
En ese contexto llega el clásico. Y si la propuesta del Independiente de Ariel Holan está clara, el Racing de Diego Cocca deberá elegir su rol. La
clásica espera para salir de contraataque o un planteo algo más audaz
que aleje el peligro en lugar de convocarlo. La historia reciente habla
de siete victorias de Independiente en los últimos diez clásicos jugados
en Alsina y Bochini, pero también señala, en los dos últimos
compromisos allí, hubo un empate agónico de chilena de Lisandro López y
un 2-0 en aquella final de la Liguilla, todo para la visita.
El
estigma de no poder ganar en casa, la búsqueda de consolidar un estilo,
la visita del clásico vecino, la entrada a la Copa en el horizonte.
Demasiadas cosas se juega Independiente como local. Donde tantas
alegrías tuvo. Donde tanto le está costando…
Diario Clarín
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